Las construcciones iniciales se situaban en el interior del sistema defensivo, consolidado a finales del siglo XVI, entre 1576 y 1584, con la construcción de dos murallas, una al norte y otra al sur de la Ciudad. Hasta el siglo XVII, la misma crece intramuros, dentro de las murallas; aumentan la población y la densidad de construcciones, pero no crece en perímetro.
Ante los ataques y saqueos de las flotas extranjeras que se adentran en aguas del archipiélago, la Ciudad atraviesa una época de inestabilidad. Las murallas suponían una defensa para la misma, a pesar de lo cual sufrió acosos y destrucciones, como la acaecida el 26 de junio de 1599 por la armada holandesa al mando de Van der Does.
RISCO DE SAN JOSE
Tras la misma, comenzó la reconstrucción de la Ciudad, pero también tiene lugar el desplazamiento de la población más humilde, ya que se llevaron a cabo modificaciones y ampliaciones en la trama urbana, con claras connotaciones clasistas. Así, las lomadas o "riscos" que rodeaban la ciudad se convirtieron en el mejor refugio, tanto por la dificultad de acceso, como por la fácil evacuación que ofrecían hacia el interior de la isla.
Los históricos "riscos" representan suburbios históricos y actuales de la Ciudad de peculiar pintoresquismo, lugares donde vivían los artesanos y la clase más humilde en viviendas autoconstruidas o casas-cueva, y así se dice cuando los privilegiados construyeron las ermitas bajo la advocación de los respectivos santos, « ... para que las gentes humildes no perdieran su fe ...», pero más que nada, «...porque iban descalzos y mal vestidos para entrar en las ermitas de la Ciudad » donde van los privilegiados.
Lo que en la actualidad es considerado un peculiar pintoresquismo, tuvo sus orígenes en la no renovación de los contratos de arrendamiento por parte del grupo de poder con propiedades urbanas en la zona baja de la Ciudad y en el cese de ventas de inmuebles a censo enfitéutico o vitalicio, todo ello con el fin de alcanzar el desplazamiento de esta población humilde hacia otros lugares donde los solares y viviendas alcanzaban un precio más bajo. Con esta marginación, se alcanza la distinción social más agudizada a partir de la segunda mitad del siglo XVII.
«Estos barrios fueron, asimismo, los primeros receptores de la emigración campesina a la ciudad. Así, junto a los marginados y a las clases menesterosas suburbanas se fue asentando un indigente proletariado rural que buscaba en la ciudad urgentes condiciones de supervivencia. No es preciso recordar que las condiciones de vivienda y, en general, de vida en los "riscos" fueron lamentables durante siglos» (HERRERA PIQUÉ, A.: La ciudad de Las Palmas. Noticia histórica de su urbanización, Las Palmas de GC, 1978).
Pero este movimiento social tuvo también un ánimo mercantilista y censualista, pese a su ubicación marginal fuera de la muralla, donde fue obligada a asentarse la población más humilde:
«… el crecimiento urbanístico de los mismos sólo se ve afectado por el grave pleito que mantiene el Cabildo de la isla con varios propietarios, debido a la posesión y titularidad de los solares. Los litigios son múltiples, afectando a instituciones, como el convento de San Pedro y San Bernardo, y a particulares, como Sebastián de Betancurt y Franquis, Diego Ponce, y Francisco de Padilla.
El principal contencioso lo incoa la Real Audiencia por las desavenencias entre el Regimiento, el convento de Santo Domingo y Sebastián Betancurt por todos los sitios que fueron vendidos en los barrios de San José y San Juan. El pleito comienza el 22 de diciembre de 1690 y se prolonga hasta marzo de 1694, después de varias apelaciones y deslindes…» (QUINTANA ANDRES, P.C.: Producción, ciudad y territorio: Las Palmas de Gran Canaria en el Seiscientos, Las Palmas de GC, 1997).
Pero siempre ha habido fórmulas para mejorar la imagen pública y, así, las ermitas construidas en los "riscos":
«… son algo más que unos edificios para el culto. Se muestran como una manifestación de un poder que progresivamente se vuelve más omnímodo. La vinculación de bienes, la necesidad ideológica de aparentar y el perentorio deseo de una mínima compensación a los grupos menos favorecidos, como mecanismo de control de algún motín o desaguisado social, son los elementos fundamentales que mueven a diversos integrantes de la élite a financiar directamente la construcción y reedificación de ermitas…»